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Bienvenida la palabra poética
junio 9, 2013
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Bienvenida Redpoema

Os damos cariñosamente la bienvenida a esta comunidad poética donde esperamos sea un punto de encuentro para todas aquellas personas que queremos expresar nuestros anhelos por medio de la palabra hecha verso. Read more

Carlos Javier Corral López: fragmentos de eternidad…
diciembre 18, 2016
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carlos-jav

Es un placer para Red poema, abrir las puertas de esta casa de versos, a nuestro querido poeta Carlos Javier Corral López. Agradecemos la oportunidad que nos brinda al permitir adentrarnos, en la pluralidad de mundos que construye con la fuerza y nobleza de un héroe: calculando la resistencia de cada verso; la correlación de fuerzas entre las estrofas; componiendo una arquitectura estable y armónica. De esta manera, cada poema se convierte en un edificio donde lo humano alberga el misterio que su vocación de poeta revela. Vocación, llama que aviva la existencia, porque en la poesía de Carlos Javier, crepita el tiempo y su eternidad…

Os dejo con sus versos…

“Y ahora que el mañana acude a mi encuentro

le formulo ansioso las preguntas correctas

y me transmite, como respuesta y legado,

el triste y sempiterno abrazo de la grieta”. 

SOBRE EL ODIO 

Donde lóbregas nubes

descargan sobre la cándida retina

su diluvio de cuervos,

cuervos que con su graznido afilado

arrasan el arrullo del latido

y la textura del poema.

 

Donde las gotas del rocío

tan solo pueden posarse

sobre la hoja de la guillotina

y el pasto del óbito.

 

Donde las estrellas despliegan

su plumaje de hadas

en la noche interminable

de las cuencas vacías.

Allí es donde reside el odio.

 

Odio que no sabe de fatigas o declives

odio que no conoce dudas o titubeos

odio cuya cruzada palpita en el púlpito

púlpito del escalofrío y el incendio.

 

Yo te maldigo, pulsión atávica del hombre.

Yo te maldigo, maestre del delirio.

 

Maldigo y maldigo tus ofrendas de afrenta

tus oropeles de sol y tus lunas de alpaca

tu delirio grabado en la losa de la herida

tu tormenta del tormento que no acaba.

 

Mas tus lacayos del trance escarlata

de nuevo se asoman  a la sima del grito

del grito de serafín y de simiente

del grito inocente y desvalido,

celebran el fruto de tu linaje de sierpe

aclaman el despliegue de  tus hordas de espino

y el deslizar perenne, sobre el arriate del tiempo

de tu follaje de sepulcro y de plañido.

 

He visto los fragmentos del paisaje

que fue atravesado por tu anhelo de rayo.

Ahora quiero ver cómo es colmada

de cianuro y cicuta tu copa.

 

He visto a las Keres acariciando

tu áspero lomo de ponzoña y daga.

Ahora quiero contemplar tus rodillas

henchidas de plegarias de exilio.

 

MIEDO

Oculto en el inclinado relieve de la niebla,

minúsculo como la diadema de una polilla,

leo el mensaje impregnado en  la tez de mi vigilia

por la esquiva presencia de aquellos labios.

El dolor es superado por el miedo:

 

Miedo a coronar la cima del presagio,

miedo de arrojarme a la sima de mi sombra,

miedo a la turbadora quietud de la estatua,

miedo de que sea seccionada por la punta

por la punta de la estrella, mi garganta.

 

Luz prodigiosa, cómo aferrarme a tu aura.

Luz divina, cómo doblegar la herida.

 

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo los vastos confines de la llaga,

tan solo el asilo que me ofrece la nada,

tan solo sirenas, tan solo naufragios.

 

Aislado en mi guarida de miradas bajas,

aturdido por el estruendo de un pestañeo,

me pierdo en el insondable laberinto de la huella

como lo hace el cilicio afanado de culpa.

La locura es superada por el miedo:

 

Miedo a la ventisca que deviene del jadeo,

miedo de que el cielo me abrase con el alba,

miedo al inquietante sigilo de la oruga,

miedo de que el polvo me escriba su misiva

su misiva urgente con membrete de huesa.

 

Mendiga indolencia, dame tu limosna.

Cruel desventura, he aquí tu muesca.

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo el celebrado consejo del delirio,

tan solo el certero abrazo de la sierpe,

tan solo insomnio, tan solo ensueño.

 

Arrastrado por el curso feroz de la saliva

observo mi reflejo en el cristal de otra lágrima

otra lágrima vertida esta noche de miedo.

 

EN EL REINO DEL QUE PORTAS TU CORONA   

En el reino del que portas tu corona

el laurel resbala por las callejuelas

que conducen a la boca del pánico,

las casas albergan en sus patios

quejidos descarnados de primavera,

el sauce se aloja en las chimeneas

y el estruendo de su carcajada lúgubre

anula el embrujo de la cítara de Orfeo

y el eco de las salvas disparadas

en las exequias de la ternura.

 

En el reino del que portas tu corona

no existen epitafios, tan solo lápidas,

la mentira clava sus espuelas

en los latidos del horizonte,

se venden en los mercados

fragmentos perdidos de Antares,

y el museo de los tozudos errores

exhibe sus obras a la retina pálida

que cuelga del rostro de cada plegaria.

 

En el reino del que portas tu corona

los barrios son infestados

por tumultos de escamas dolientes

que prenden, con fuego abolido,

antorchas para la caza,

el romero y la marisma se declaran la guerra,

se censura el diálogo del viento

con la ninfa que reviste

el torso de la sonrisa desnuda,

y  la palabra se debate

entre la muerte y la piedra.

 

Y desolados

como el agónico valle

que tarde desgrana

su cauce remoto,

o como la mano abatida

por letales venablos

que perfila el desaire,

el ocaso y la simiente te preguntan:

—¿Por qué no abdicas pues, crueldad?

—¿Por qué no abdicas?

 

DAÑOS COLATERALES    

 Por la medrosa comitiva

de las manos lavadas

y los renglones torcidos

de la estela de la bala,

yacemos cautivos

en presidios insondables,

la brisa de la muerte

acaricia nuestro rostro,

nuestro pelo se derrama

sobre tierra quemada,

nuestra piel es rasgada

por esquirlas de odio.

 

Nos llaman daños colaterales,

y el fénix del tormento

renace sobre sus cenizas

cuando las huestes de Marte

cabalgan monturas de acero.

 

Por la arenga declamada

en la tribuna de la granada

y la gula de la metralla

que nunca suspira hartazgo,

nuestro lloro no extingue

la hoguera implacable,

los sarmientos de barbarie

envenenan nuestros sueños,

nuestra pureza es colmada

de légamo y saña,

en los ángulos del miedo

se confinan nuestros huesos.

 

Nos llaman daños colaterales,

y el Fénix del tormento

renace sobre sus cenizas

cuando la pluma sucumbe

al poder del mortero.

 

Y ya sangra el estigma

y aflora ya el yugo

y el buitre ya deifica

la osamenta del verdugo.

 

Y contemplarás el martirio

que sufrirán nuestros hijos

pero el grosor de la espuria

cortina de infamia y humo

te impedirá escuchar el eco

el eco, el eco, ¡el eco!

que prolonga sus gritos.

 

AURA

He contemplado una efigie erigida

con los despojos de mi osadía,

y también, a la épica mansedumbre,

zarandearla hasta derribarla.

 

He percibido el último hálito

de la nueva pieza cobrada

por la necrópolis del halago.

 

He seguido con fervor desaforado

la estela del cometa que arrasó el cielo.

 

He memorizado la semblanza de toda duda

y compuesto el himno al sudario rasgado.

 

Y ahora que el mañana acude a mi encuentro

le formulo ansioso las preguntas correctas

y me transmite, como respuesta y legado,

el triste y sempiterno abrazo de la grieta.

 

Infame y cruel azogue,

ramillete de signos y lamias:

entre los tibios perfiles de un murmullo

vuelve a sangrar el aura.

Carlos Javier Corral López

Linares, diciembre 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Armenta Malpica, neblina de versos…
junio 5, 2016
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Ebriedad de Dios

1

Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios
donde amó la vida.
Armando Pérez Tejada

Esa lenta tristeza del recuerdo
se nos va desdoblando por la cara.
Y en lugar de los ojos
se humedecen dos profundas hogueras
en donde alguna vez frotamos nuestras manos
con las de un ser querido.

Entonces el amor era un barril de pólvora.
Una mecha muy corta nos unía.

Nuestra casa era un papel periódico
con un asombro nuevo en las noticias.
Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.
Las hojas de la casa no fueron suficientes para formar un barco
que nos sacara a flote.

Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra casa quemada.
Naufragué por mis dedos.
Luego encontré en el vino las múltiples razones
para escapar de todo:
de mi madre y mis hijas, de ti
mi propia sombra.
Era increíble ver que en un vaso cupieran
la luz que yo buscaba y el fondo
inacabable
de lo que yo no quise.

Me alejé de la lumbre
para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido.
Allí, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones
el timbre del teléfono
el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:
el contacto caliente con el piso.

Yo solo pedía tiempo, no a Dios.
Le pedí alguna calle, otra lepra en un vaso
otra memoria.

Me fui acabando entera
sin terminar el vaso ­­­­—tan lleno­­­­— de mi vida.
Lenta, en verdad, la vida
a pesar del galope del inicio.

Apuro lo que bebo
y no se acaba
al contrario: es más lo que me culpa.

Cada uno se despide del mundo como puede…
Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme
de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.

El vino es otra herida
inflamatoria
para que el hombre sepa de la muerte.

Sin embargo, cuando empiezo a morirme
Dios hace mucho ruido
y me despierta.
Y en lugar de ir a la cocina por un vaso
voy a la habitación de mis tres hijas
para mirar si duermen…
y besarlas, si puedo.
2

De niña me enseñaron que yo era una manzana;
los hombres, el cuchillo.
Las mujeres debíamos conseguir que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.

Ya en espiral
—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo­­­­—
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…

Pero yo no callaba… me decía en los poemas.

A golpes ­­­­—como aprendió su madre­­­­—
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.

No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.

Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.

Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso
de Dios a la intemperie.

Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»

Tu madre se nos muere, les digo a mis tres hijas
luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!
3

Jamás voy sola a misa;
me llevo los pecados de mi esposo
y su esposa, uno o dos
de mis hijas, alguno de mi hermano
todos los de mi madre…
hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.

Y Dios, distante y sin moverse
parece consternado ante mis confesiones.

Rezo en latín ­­­­—como hacen las mujeres pecadoras­­­­—
y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)
me da por penitencia un par de avemarías
que lanzo, pronta, al vuelo.

En casa
sin bolso ni tacones
me sirvo alguna copa de aguardiente
y observo largo rato un crucifijo.

Y sé que a Dios tampoco le hace gracia
el que vivamos juntos.
4

He visto a Dios de frente. Recién bajó de su moto-patrulla
luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una velocidad
que se cree peligrosa para el resto del mundo.
Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango
henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.

Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas
voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.
Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos:
una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme que la observa
(la iglesia es otro campo de exterminio).

Cuando apenas buscaba mis papeles ­­­­—acaso algún permiso de poeta­­­­—
el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas
la enorme cruz del pecho, el uniforme…
Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape
como lo imaginaba cuando niña.
Bebió un poco de vino de mis ojos
y después subió al cielo.

También he visto al hombre.
Sus ojos, como alambres, custodian
segundo tras segundo, mi celda
de pellejo.
5

Beber
es regresar a la neblina
al vientre apolillado de mi padre
al origen del mosto.

Allí mis lentos pies desnudos retumbaban muy grandes cada paso.
Todo un andar de viñedo a barrica, cava, aorta;
siempre menos mi piel
y más sus dedos.

Estuve atada a golpes con mi padre.
Sin que nadie supiera, él me nombraba suya; yo lo nombraba todo.
Qué de palabras se quedaron pendientes de una soga
lavadas y exprimidas.
Qué de pinzas hicieron de mis párpados
un húmedo y muy frágil tendedero.

Cortina tras ventana mi madre vigiló
que mi vocabulario excluyera palabras amorosas.
Todavía las pronuncio
y el recuerdo del jabón de lejía hace un poco de espuma por mi lengua.

Pero fui descubriendo que el jabón de lejía no hace espuma en el vino.
Ni hace espuma la muerte.
6

Fue por el vino que descubrí mi cuerpo:
un pan ázimo, duro.

Igual conocí el horno
y el posible suicidio.

El pan quedó quemado
pero yo estaba cruda.

Perseguí mis migajas como si fuera Gretel
y el bosque tan enorme
y yo con tanto frío.

Envejecí en palomas
afuera de los templos.

Cuántos panes tan lejos de mis manos para mis otras aves.

Entonces apareció mi madre en la cocina
con sus nuevas recetas
con esa lista inmensa de lo que me hacía daño…
Un tantito de alcohol o levadura la enervaban.
Mi madre, siempre un tuétano al horno
sin suficiente jugo.

Nada más los limones
de los pequeños y agrios, permitía de aderezo.
Lo demás era gula; y la gula, pecado.

Precocimos el pan, hirvió el atole.
Entre tés y remedios conservamos un cuerpo saludable
¿para quién?

Cuando guardo silencio, una manzana entera
oprimo entre mis dientes.

¿Qué me dio de comer cuando pequeña
que hoy todo me hace daño?
11

Con un beso
desencantaste a la mujer de la manzana.

Del descarrilamiento del migajón
de espera y levadura, fugitivos del bosque
regresamos a casa.

A nadie hay que decirle que encerramos
a la bruja del cuento en un horno encendido.

Ni que el lobo, con disfraz de cordero
quedó crucificado en una iglesia.

Volvemos de la mano.

Tú: molino de vapor, caña de azúcar.
Spin entre el oxígeno e hidrógeno, me uniste y separaste
de la tierra. Ancho de fe, robusto de palabras
ah, qué tanto tu amor y mi consuelo.

Yo: agua tras un cristal o gota ardida
gas elevado para intentar la lluvia y los ciclones
iceberg, copo, rocío… pero jamás torrente.

Ninguno de los dos amaba al árbol.

No más ogros del bosque
cuando yo quiera un príncipe.
No mamá con sus rezos (¡uy, el lobo!)
ni mi abuela y sus pócimas
de engatusar a un ave.

No más tu amor de hermano
nomás en un murmullo…
Ya no tu amor de padre
como herencia.

Yo amo al hombre.
Calzo, por él, la vida
de mi talla.
Dejo huellas profundas
con muchos más reflejos que una copa de vidrio.
Alacrán donde mi voz pisaba
no más el antes ni el después.
Vivo el ahora
como si en esto de vivir
no hubiera espacio.
Soy la mujer de pan (Hansel y Gretel)
la levadura que levanta las nubes
porque llueve;
el horno en que cocino
briznas de astro.

Vuelvo a la vida.

Llora una copa de árbol
su vino tan acedo.

Llueve.

Y esa sed vuelve a mí
añeja y consumida
cuando mis ojos ven lo que olvidaran.

Y vuelvo el cuerpo a Dios…
tan vulnerable.
12

Con Dios me basta
dije
hace menos de un lustro.
Me lo colgué en el pecho
y relucía.

En caso de apreturas
en el monte me daban casi treinta monedas.
Eran muchos billetes
por un dije…

Ahora digo que no valía la plata
sino el lustre.
Mis manos
artríticas, rugosas
dan cuenta de mi vida.
Uno a uno, los dedos
han señalado el rumbo, a los culpables;
pidieron la palabra o la otorgaron;
confirman que crecieron
mis asombros.

La punta de los dedos ha de ser mi tesoro
para leer en Borges la ceguera.

Radares ante el mundo
todo lo limpio
y tiento.

Pero es toda la mano la que aferra
o la que impone el alto, la que indica un saludo
cede sitio a los hombres
o acaricia.

Con las manos en cáliz he recibido el vino
que luego fue a mi boca.
Y unidas, más que nunca, doy las gracias
por el fin de una lenta, larguísima jornada
si amanezco.

Azul es todo el cielo de las uvas.

Mano a mano
el viaje con mi sombra no concluye.
Es la mano de Dios, tendida, franca
la que comienza el mundo
que desando.

Igual es la vejez: tiempo del tiempo
viñedo de la alguna vez hoja
musgo de la llovizna.

¿Cuántos dedos me faltan para concluir la ruta?
Con el cuerpo de Dios no es suficiente.
Todavía son mis manos dos asombros.

Y cada dedo mío le pertenece.
Con su nombre me basta para saciar el hambre.
13

En la ebriedad de Dios nos resecamos.
Con su nombre a la mano
—dije­­­­—
escribo.
Ya no más esa letra mayúscula
ilegible
esa oración extensa         dolorosa
de un vino azucarado                     en las arterias
y un quedarse a morar en el vinagre.

No más el goterón de piel y fósforo
que expande sobre la hoja sus incendios.
No la bala perdida. No el revólver.

Azul es el veneno de la tinta.
Rojísima la pólvora en la carne.

La vena cava.
Profundo viaje al centro de uno mismo
la escritura del ser
es una borrachera interminable.

Nunca más la navaja de Ockham sobre el rostro de Dios
para saber que existe.
14

Eva y Adán tomaron una vid para ocultarse.
Como el nombre de Dios nunca debe decirse en forma inversa
para no descrear lo que por Él fue creado
Eva no ha podido ser ave…
Adán no ha podido hacer nada.

Porque no está en las uvas el prohibido saber de la manzana…

Lejos ya de mis padres adoptivos, huérfana
de lo que en mí no crea
late en mi pecho una esplendente vid de grandes hojas
madre, a su vez, de un vástago de dulce
aroma y pulpa.

Ese fruto sagrado del poema quizá no va a salvarme
pero exprime hasta la última gota de mis dedos.

Ha vuelto el agua a aligerar la sangre
a deshacer el polvo
y la ceniza.

Rojísima es la sangre de los vivos.

José Hierro, arpegio de versos…
marzo 20, 2016
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Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Pecios de sombra

Hablaban con bocas de sombra,

susurraban sucesos mágicos,

historias de herrumbre y de musgo

(no sabían que estaban muertos,

y yo no quería apenarlos).

Fui reconstruyendo sonidos

que en el sueño significaban

para interpretarlos despierto

y atribuirlos a unos labios.

(Quería conocer el nombre

de quienes me hablaban en sueños:

la rosa no olería igual

si su nombre no .fuese rosa.)

Rescaté, lúcido y sonámbulo,

los vestigios que la marea

llevó a mi playa de despierto;

con ellos construiría un puente

desde el soñar hasta el velar:

así tendrían consistencia

las palabras impronunciables

que yo escuché cuando dormía,

fantasmal  materia de sueño.

 

Sólo materia de sombras…

Sólo materia de sombras,

criaturas de la noche,

nubes espectrales, seres

dolorosamente informes,

visiones o pesadillas

llegadas no sé de dónde,

ráfagas resucitadas

que fueron mujeres y hombres,

que tuvieron carne y sueños

donde anidaban los soles

y ahora son sólo penumbra,

ríos de negros acordes,

tristezas desenterradas,

pesadillas o visiones,

llamando siempre a la puerta

de quienes no los conocen.

 

Villancico en Central Park

Mañanicas floridas

del frío invierno

recordad a mi niño

que duerme al hilo.

Lope de Vega

 

Vistió la noche, copo a copo,

pluma a pluma,

lo que fue llama y oro,

cota de malla del guerrero otoño

y ahora es reino de la blancura.

¿Qué hago yo, profanando, pisando

tan fragilísimo plumaje?

Y arranco con mis manos

un puñado, un pichón de nieve,

y con amor, y con delicadeza y con ternura

lo acaricio, lo acuno, lo protejo.

Para que no llore de frío.

 

Adagio para Franz Schubert

(Quinteto en Do mayor)

A Paca Aguirre

I

Apenas vaho sobre el cristal

con ademanes de ceniza, con estelas de niebla,

señala el mayordomo el lugar reservado

a cada uno de los comensales,

y susurra sus nombres con sílabas de ráfaga.

Franz ―todos― bebe copas, copas, copas

de un oro ajado, de un resplandor marchito,

una luz madura en otras tierras

diluidas en la memoria.

¿Dónde estarán los compañeros que no ve?

Acaso fueron arrastrados por las aguas de Heráclito

hasta donde el ocaso se remansa y languidece.

Han cesado las risas. Las palabras son ascuas.

Todo es en este instante

desolación, herrumbre, acabamiento.

Huele a manzanas y a membrillos

demasiado maduros.

A través del ojo de buey

Franz contempla los días

que se aproximan navegando.

La ciudad que lo espera le saluda

con sus brazos alzados a las nubes,

enfundados en terciopelo gris.

Paralizado, congelado, el tiempo

va adquiriendo la pátina de estar atardeciendo,

otoñándose sobre el mar,

sobre la muerte, sobre el amor, sobre la música

que se libera, misteriosamente,

de nadie sabe qué prisiones.

II

Esta música lleva mucha muerte dentro.

El amor lleva dentro mucha música,

mucho mar, mucha muerte.

La muerte es un amor que habla con el silencio.

El amor es una melodía hija del mar y de la muerte:

asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena

hasta asfixiarlo despiadadamente.

III

La nave fantasmal ―pero real― navega

sobre el amor, sobre la muerte

(también sobre el olvido),

y glisa sobre el arpa de las olas,

navega sobre el agua como el laúd sobre la música

(y es que música y mar tienen el mismo origen).

Este mar lleva dentro mucha música,

mucho amor, mucha muerte.

Y también mucha vida.

IV

…Y también mucha vida.

No sólo la que testimonia

el hervor de los brazos blanquísimos de las olas

al otro lado del cristal ―solar, lunar― del camarote,

sino la que agoniza en el lado de acá.

Abanicos de plumas y de oro empiezan a girar.

Giran y giran cada vez más vertiginosamente

―acelerando, siempre acelerando―

absorbidos, cautivos, reclamados por bocas abisales,

fraques azules, grises, rumor de besos y batir de alas,

ojos ennoblecidos por las lágrimas,

labios besados hondamente, que por eso

tienen más vida que quitar,

y el giro, el giro, el vértigo del vals,

el del polaco tísico

que escuchaba en la Valldemosa invernal

golpear insistente sobre el suelo la gota de agua.

El vals futuro, felicidad florida

de la dinastía risueña de los vieneses

resucitados cada 1 de enero en los televisores,

supervivientes de un imperio feliz e injusto

que ya no puede ser.

Son absorbidos, chupados, esclavizados

por lo hondo tenebroso. En el embudo

caen y desaparecen gorjeos de las aves

de los bosques de Viena, huéspedes de las ramas

húmedas de los tilos y los abedules,

aroma de grosellas y frambuesas,

de fresas y de arándanos: todos aprisionados

en las redes de escarcha del otoño.

El implacable sumidero

devora tules, sedas, lámparas de luz azulada,

nubes que se suicidan arrojándose

al hueco que termina

en el corazón verde del mar,

en la hoguera sombría y helada de la nada,

en lo fatal, irreversiblemente mudo.

Los invisibles compañeros

contemplan aterrados y desamparados

ese derrumbamiento que acaba en el silencio.

V

…El silencio que surca el ataúd de caoba.

a sus desvanecidos compañeros.

Con la clarividencia del moribundo

oye su despedida, sus adioses

con voces de violines, de violas, de violonchelos.

Sonaban a diamante y penumbra.

La nave ―¿o ataúd?― en que Franz llega,

irremediablemente solo, cabecea sobre las ondas,

las azota su quilla con ritmo sosegado:

―chasquido, pellizcado, pizzicatto sombrío―

entre dos nadas, entre dos nuncas.

VI

…Entre dos nuncas. El recién llegado

contempla el cielo encajonado

entre dos muros, entre dos sombras, entre dos silencios,

entre dos nadas.

Sentado sobre su banco de cemento

saca de su bolsillo unos trozos de pan,

los desmiga. Da de comer a las palomas.

 

Oración en Columbia University

A Dionisio Cañas

Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,

y el chirrido de la chicharra,

y el lagarto de fastuoso traje verde,

y la brasa hipnotizadora

(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado

don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco).

Bendito sea Dios que inventó el agua

el agua sobre todo.

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Suena el concierto en mi memoria.

O puede que se trate

de una música diferente:

la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada

Federico García Lorca,

y luego aquí, rescatada,

en Columbia University.

Bendito sea Dios que inventó los prodigios

que contaba mi padre

perfumado de espliego y de tomillo. E

ran historias de ciudades mágicas

en las que el agua circulaba

por venas de metal, agua caliente y fría

(nos lo contaba al borde del regato,

helado en el invierno, seco en estío:

“Venga, a lavarse, coño, guarros”.

Y obedecíamos).

Bendito sea Dios que inventó la cabra -la cabra

que rifaba por los pueblos-

mucho antes que Pablo Picasso,

con barriga de cesto de mimbre

y tetas como guantes de bronce.

Maldito sea Dios porque inventó el estaño

parpadeante del olivo,

ramas y tronco de Laoconte,

y aquella sombra trágica de catafalco y oro:

un rayo congelado en la mano siniestra

y en la diestra un crepúsculo.

Maldito sea Dios porque inventó a mi padre

colgado de una rama del olivo

poco después de recogerse la aceituna.

No puedo perdonárselo.

Pero eso fue más tarde.

Antes fueron los niños.

Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,

vestidos como príncipes o pájaros.

Con voces de cristal, “Papá”, decían a su padre.

Bendito sea Dios por inventar una palabra

milagrosa, jamás oída,

y su padre correspondía

con vaharadas de ternura.

Maldito sea Dios, porque yo quise

arrezagarme en la ternura

pronunciando la mágica palabra

entonces descubierta. “¿Papá?” “Mariconadas,

si te la vuelvo a oír te llevas una hostia”.

Bendito sea Dios porque inventó los años,

1970, 1980, 1990…,

inventó el fuego, el oro viejo

de los arces de otoño,

y estos ríos profundos como penas,

largos como el olvido o el recuerdo,

hospitalarios, generosos,

por los que la ciudad va navegando

hasta la mar, que es el morir.

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.

Se daba nombre en ellos

a lo que antes no lo tenía.

Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas

masters, campus con risas y con marihuana,

laboratorios y celebraciones

con cantos en latín, gaudeamus igitur,

todo situado en niveles distintos del tiempo.

Bendito sea Dios que inventó la memoria

y que inventó el silencio de este lugar aséptico,

y las venas metálicas ocultas

en las que el agua espera

unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.

Ahora sé que mi padre está vengado.

Mi padre, descolgado del olivo

pronuncia con mis labios las palabras totémicas,

y se estremece este recinto sagrado.

“Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias”.

Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,

se desbordan las aguas que él soñaba

en la choza de adobe y paja,

cantan la gloria de la recuperación,

y mi padre navega por las aguas,

le provoco, gritándole desconsolado.

“¡Papá!”. “Mariconadas”, me contesta.

ahogado, recuperado,

navegante por los canales de oro,

vivo ya para siempre.

León Felipe, romero de versos
marzo 20, 2016
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Luz…

Cuando mis lágrimas te alcancen

la función de mis ojos

ya no será llorar,

sino ver.

Cómo ha de ser tu voz…

Ten una voz, mujer,

que pueda

decir mis versos

y pueda

volverme sin enojo, cuando sueñe

desde el cielo a la tierra…

Ten una voz, mujer,

que cuando me despierte no me hiera…

Ten una voz, mujer, que no haga daño

cuando me pregunte: ¿qué piensas?

Ten una voz, mujer,

que pueda

cuando yo esté contando

las estrellas

decirme de tal modo

¿qué cuentas?

que al volver hacia ti los ojos

crea

que pasé contando

de una estrella

a

otra estrella.

Ten una voz, mujer, que sea

cordial como mi verso

y clara como una estrella.

Como tú

Así es mi vida,

piedra,

como tú; como tú,

piedra pequeña;

como tú,

piedra ligera;

como tú,

canto que ruedas

por las calzadas

y por las veredas;

como tú,

guijarro humilde de las carreteras;

como tú,

que en días de tormenta

te hundes

en el cieno de la tierra

y luego

centellas

bajo los cascos

y bajo las ruedas;

como tú, que no has servido

para ser ni piedra

de una Lonja,

ni piedra de una Audiencia,

ni piedra de un Palacio,

ni piedra de una Iglesia;

como tú,

piedra aventurera;

como tú,

que, tal vez, estás hecha

sólo para una honda,

piedra pequeña

y

ligera …

 El dolor

No he venido a cantar

No he venido a cantar, podéis llevaros la guitarra.

No he venido tampoco, ni estoy aquí arreglando mi expediente

para que me canonicen cuando muera.

He venido a mirarme la cara en las lágrimas que caminan hacia el mar,

por el río

y por la nube…

y en las lágrimas que se esconden

en el pozo,

en la noche

y en la sangre…

He venido a mirarme la cara en todas las lágrimas del mundo.

Y también a poner una gota de azogue, de llanto,

una gota siquiera de mi llanto

en la gran luna de este espejo sin límites, donde

[me miren y se reconozcan los que vengan.

He venido a escuchar otra vez esta vieja sentencia en las tinieblas:

Ganarás el pan con el sudor de tu frente

“y la luz con el dolor de tus ojos”.

Tus ojos son las fuentes del llanto y de la luz.

Más sencilla

Más sencilla… más sencilla.

Sin barroquismo,

sin añadidos ni ornamentos.

Que se vean desnudos

los maderos,

desnudos

y decididamente rectos.

«Los brazos en abrazo hacia la tierra,

el mástil disparándose a los cielos.»

Que no haya un solo adorno

que distraiga este gesto…

este equilibrio humano

de los dos mandamientos.

Más sencilla… más sencilla…

haz una cruz sencilla, carpintero.

Romero solo

Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos siempre los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.

 

Sé todos los cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan

con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos…

y sé todos los cuentos.

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