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Carlos Javier Corral López: fragmentos de eternidad…
18 diciembre, 2016
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Es un placer para Red poema, abrir las puertas de esta casa de versos, a nuestro querido poeta Carlos Javier Corral López. Agradecemos la oportunidad que nos brinda al permitir adentrarnos, en la pluralidad de mundos que construye con la fuerza y nobleza de un héroe: calculando la resistencia de cada verso; la correlación de fuerzas entre las estrofas; componiendo una arquitectura estable y armónica. De esta manera, cada poema se convierte en un edificio donde lo humano alberga el misterio que su vocación de poeta revela. Vocación, llama que aviva la existencia, porque en la poesía de Carlos Javier, crepita el tiempo y su eternidad…

Os dejo con sus versos…

“Y ahora que el mañana acude a mi encuentro

le formulo ansioso las preguntas correctas

y me transmite, como respuesta y legado,

el triste y sempiterno abrazo de la grieta”. 

SOBRE EL ODIO 

Donde lóbregas nubes

descargan sobre la cándida retina

su diluvio de cuervos,

cuervos que con su graznido afilado

arrasan el arrullo del latido

y la textura del poema.

 

Donde las gotas del rocío

tan solo pueden posarse

sobre la hoja de la guillotina

y el pasto del óbito.

 

Donde las estrellas despliegan

su plumaje de hadas

en la noche interminable

de las cuencas vacías.

Allí es donde reside el odio.

 

Odio que no sabe de fatigas o declives

odio que no conoce dudas o titubeos

odio cuya cruzada palpita en el púlpito

púlpito del escalofrío y el incendio.

 

Yo te maldigo, pulsión atávica del hombre.

Yo te maldigo, maestre del delirio.

 

Maldigo y maldigo tus ofrendas de afrenta

tus oropeles de sol y tus lunas de alpaca

tu delirio grabado en la losa de la herida

tu tormenta del tormento que no acaba.

 

Mas tus lacayos del trance escarlata

de nuevo se asoman  a la sima del grito

del grito de serafín y de simiente

del grito inocente y desvalido,

celebran el fruto de tu linaje de sierpe

aclaman el despliegue de  tus hordas de espino

y el deslizar perenne, sobre el arriate del tiempo

de tu follaje de sepulcro y de plañido.

 

He visto los fragmentos del paisaje

que fue atravesado por tu anhelo de rayo.

Ahora quiero ver cómo es colmada

de cianuro y cicuta tu copa.

 

He visto a las Keres acariciando

tu áspero lomo de ponzoña y daga.

Ahora quiero contemplar tus rodillas

henchidas de plegarias de exilio.

 

MIEDO

Oculto en el inclinado relieve de la niebla,

minúsculo como la diadema de una polilla,

leo el mensaje impregnado en  la tez de mi vigilia

por la esquiva presencia de aquellos labios.

El dolor es superado por el miedo:

 

Miedo a coronar la cima del presagio,

miedo de arrojarme a la sima de mi sombra,

miedo a la turbadora quietud de la estatua,

miedo de que sea seccionada por la punta

por la punta de la estrella, mi garganta.

 

Luz prodigiosa, cómo aferrarme a tu aura.

Luz divina, cómo doblegar la herida.

 

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo los vastos confines de la llaga,

tan solo el asilo que me ofrece la nada,

tan solo sirenas, tan solo naufragios.

 

Aislado en mi guarida de miradas bajas,

aturdido por el estruendo de un pestañeo,

me pierdo en el insondable laberinto de la huella

como lo hace el cilicio afanado de culpa.

La locura es superada por el miedo:

 

Miedo a la ventisca que deviene del jadeo,

miedo de que el cielo me abrase con el alba,

miedo al inquietante sigilo de la oruga,

miedo de que el polvo me escriba su misiva

su misiva urgente con membrete de huesa.

 

Mendiga indolencia, dame tu limosna.

Cruel desventura, he aquí tu muesca.

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo el celebrado consejo del delirio,

tan solo el certero abrazo de la sierpe,

tan solo insomnio, tan solo ensueño.

 

Arrastrado por el curso feroz de la saliva

observo mi reflejo en el cristal de otra lágrima

otra lágrima vertida esta noche de miedo.

 

EN EL REINO DEL QUE PORTAS TU CORONA   

En el reino del que portas tu corona

el laurel resbala por las callejuelas

que conducen a la boca del pánico,

las casas albergan en sus patios

quejidos descarnados de primavera,

el sauce se aloja en las chimeneas

y el estruendo de su carcajada lúgubre

anula el embrujo de la cítara de Orfeo

y el eco de las salvas disparadas

en las exequias de la ternura.

 

En el reino del que portas tu corona

no existen epitafios, tan solo lápidas,

la mentira clava sus espuelas

en los latidos del horizonte,

se venden en los mercados

fragmentos perdidos de Antares,

y el museo de los tozudos errores

exhibe sus obras a la retina pálida

que cuelga del rostro de cada plegaria.

 

En el reino del que portas tu corona

los barrios son infestados

por tumultos de escamas dolientes

que prenden, con fuego abolido,

antorchas para la caza,

el romero y la marisma se declaran la guerra,

se censura el diálogo del viento

con la ninfa que reviste

el torso de la sonrisa desnuda,

y  la palabra se debate

entre la muerte y la piedra.

 

Y desolados

como el agónico valle

que tarde desgrana

su cauce remoto,

o como la mano abatida

por letales venablos

que perfila el desaire,

el ocaso y la simiente te preguntan:

—¿Por qué no abdicas pues, crueldad?

—¿Por qué no abdicas?

 

DAÑOS COLATERALES    

 Por la medrosa comitiva

de las manos lavadas

y los renglones torcidos

de la estela de la bala,

yacemos cautivos

en presidios insondables,

la brisa de la muerte

acaricia nuestro rostro,

nuestro pelo se derrama

sobre tierra quemada,

nuestra piel es rasgada

por esquirlas de odio.

 

Nos llaman daños colaterales,

y el fénix del tormento

renace sobre sus cenizas

cuando las huestes de Marte

cabalgan monturas de acero.

 

Por la arenga declamada

en la tribuna de la granada

y la gula de la metralla

que nunca suspira hartazgo,

nuestro lloro no extingue

la hoguera implacable,

los sarmientos de barbarie

envenenan nuestros sueños,

nuestra pureza es colmada

de légamo y saña,

en los ángulos del miedo

se confinan nuestros huesos.

 

Nos llaman daños colaterales,

y el Fénix del tormento

renace sobre sus cenizas

cuando la pluma sucumbe

al poder del mortero.

 

Y ya sangra el estigma

y aflora ya el yugo

y el buitre ya deifica

la osamenta del verdugo.

 

Y contemplarás el martirio

que sufrirán nuestros hijos

pero el grosor de la espuria

cortina de infamia y humo

te impedirá escuchar el eco

el eco, el eco, ¡el eco!

que prolonga sus gritos.

 

AURA

He contemplado una efigie erigida

con los despojos de mi osadía,

y también, a la épica mansedumbre,

zarandearla hasta derribarla.

 

He percibido el último hálito

de la nueva pieza cobrada

por la necrópolis del halago.

 

He seguido con fervor desaforado

la estela del cometa que arrasó el cielo.

 

He memorizado la semblanza de toda duda

y compuesto el himno al sudario rasgado.

 

Y ahora que el mañana acude a mi encuentro

le formulo ansioso las preguntas correctas

y me transmite, como respuesta y legado,

el triste y sempiterno abrazo de la grieta.

 

Infame y cruel azogue,

ramillete de signos y lamias:

entre los tibios perfiles de un murmullo

vuelve a sangrar el aura.

Carlos Javier Corral López

Linares, diciembre 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de perfil de Carmen

Acerca de Carmen

Carmen Ha escrito 164 entradas en Red Poema.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona (España) Carmen Sampedro es una apasionada de la poesía y del pensamiento, tiene editados tres Libros poéticos "A dues veus - A dos voces", "Poemas y Requiebros" y "Cuadernos de Penélope". Actualmente es Presidenta de la Asociación Manantial, entidad comprometida con la integración de personas con diferentes capacidades a través de proyectos culturales.


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