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José Hierro, arpegio de versos…
20 marzo, 2016
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Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Pecios de sombra

Hablaban con bocas de sombra,

susurraban sucesos mágicos,

historias de herrumbre y de musgo

(no sabían que estaban muertos,

y yo no quería apenarlos).

Fui reconstruyendo sonidos

que en el sueño significaban

para interpretarlos despierto

y atribuirlos a unos labios.

(Quería conocer el nombre

de quienes me hablaban en sueños:

la rosa no olería igual

si su nombre no .fuese rosa.)

Rescaté, lúcido y sonámbulo,

los vestigios que la marea

llevó a mi playa de despierto;

con ellos construiría un puente

desde el soñar hasta el velar:

así tendrían consistencia

las palabras impronunciables

que yo escuché cuando dormía,

fantasmal  materia de sueño.

 

Sólo materia de sombras…

Sólo materia de sombras,

criaturas de la noche,

nubes espectrales, seres

dolorosamente informes,

visiones o pesadillas

llegadas no sé de dónde,

ráfagas resucitadas

que fueron mujeres y hombres,

que tuvieron carne y sueños

donde anidaban los soles

y ahora son sólo penumbra,

ríos de negros acordes,

tristezas desenterradas,

pesadillas o visiones,

llamando siempre a la puerta

de quienes no los conocen.

 

Villancico en Central Park

Mañanicas floridas

del frío invierno

recordad a mi niño

que duerme al hilo.

Lope de Vega

 

Vistió la noche, copo a copo,

pluma a pluma,

lo que fue llama y oro,

cota de malla del guerrero otoño

y ahora es reino de la blancura.

¿Qué hago yo, profanando, pisando

tan fragilísimo plumaje?

Y arranco con mis manos

un puñado, un pichón de nieve,

y con amor, y con delicadeza y con ternura

lo acaricio, lo acuno, lo protejo.

Para que no llore de frío.

 

Adagio para Franz Schubert

(Quinteto en Do mayor)

A Paca Aguirre

I

Apenas vaho sobre el cristal

con ademanes de ceniza, con estelas de niebla,

señala el mayordomo el lugar reservado

a cada uno de los comensales,

y susurra sus nombres con sílabas de ráfaga.

Franz ―todos― bebe copas, copas, copas

de un oro ajado, de un resplandor marchito,

una luz madura en otras tierras

diluidas en la memoria.

¿Dónde estarán los compañeros que no ve?

Acaso fueron arrastrados por las aguas de Heráclito

hasta donde el ocaso se remansa y languidece.

Han cesado las risas. Las palabras son ascuas.

Todo es en este instante

desolación, herrumbre, acabamiento.

Huele a manzanas y a membrillos

demasiado maduros.

A través del ojo de buey

Franz contempla los días

que se aproximan navegando.

La ciudad que lo espera le saluda

con sus brazos alzados a las nubes,

enfundados en terciopelo gris.

Paralizado, congelado, el tiempo

va adquiriendo la pátina de estar atardeciendo,

otoñándose sobre el mar,

sobre la muerte, sobre el amor, sobre la música

que se libera, misteriosamente,

de nadie sabe qué prisiones.

II

Esta música lleva mucha muerte dentro.

El amor lleva dentro mucha música,

mucho mar, mucha muerte.

La muerte es un amor que habla con el silencio.

El amor es una melodía hija del mar y de la muerte:

asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena

hasta asfixiarlo despiadadamente.

III

La nave fantasmal ―pero real― navega

sobre el amor, sobre la muerte

(también sobre el olvido),

y glisa sobre el arpa de las olas,

navega sobre el agua como el laúd sobre la música

(y es que música y mar tienen el mismo origen).

Este mar lleva dentro mucha música,

mucho amor, mucha muerte.

Y también mucha vida.

IV

…Y también mucha vida.

No sólo la que testimonia

el hervor de los brazos blanquísimos de las olas

al otro lado del cristal ―solar, lunar― del camarote,

sino la que agoniza en el lado de acá.

Abanicos de plumas y de oro empiezan a girar.

Giran y giran cada vez más vertiginosamente

―acelerando, siempre acelerando―

absorbidos, cautivos, reclamados por bocas abisales,

fraques azules, grises, rumor de besos y batir de alas,

ojos ennoblecidos por las lágrimas,

labios besados hondamente, que por eso

tienen más vida que quitar,

y el giro, el giro, el vértigo del vals,

el del polaco tísico

que escuchaba en la Valldemosa invernal

golpear insistente sobre el suelo la gota de agua.

El vals futuro, felicidad florida

de la dinastía risueña de los vieneses

resucitados cada 1 de enero en los televisores,

supervivientes de un imperio feliz e injusto

que ya no puede ser.

Son absorbidos, chupados, esclavizados

por lo hondo tenebroso. En el embudo

caen y desaparecen gorjeos de las aves

de los bosques de Viena, huéspedes de las ramas

húmedas de los tilos y los abedules,

aroma de grosellas y frambuesas,

de fresas y de arándanos: todos aprisionados

en las redes de escarcha del otoño.

El implacable sumidero

devora tules, sedas, lámparas de luz azulada,

nubes que se suicidan arrojándose

al hueco que termina

en el corazón verde del mar,

en la hoguera sombría y helada de la nada,

en lo fatal, irreversiblemente mudo.

Los invisibles compañeros

contemplan aterrados y desamparados

ese derrumbamiento que acaba en el silencio.

V

…El silencio que surca el ataúd de caoba.

a sus desvanecidos compañeros.

Con la clarividencia del moribundo

oye su despedida, sus adioses

con voces de violines, de violas, de violonchelos.

Sonaban a diamante y penumbra.

La nave ―¿o ataúd?― en que Franz llega,

irremediablemente solo, cabecea sobre las ondas,

las azota su quilla con ritmo sosegado:

―chasquido, pellizcado, pizzicatto sombrío―

entre dos nadas, entre dos nuncas.

VI

…Entre dos nuncas. El recién llegado

contempla el cielo encajonado

entre dos muros, entre dos sombras, entre dos silencios,

entre dos nadas.

Sentado sobre su banco de cemento

saca de su bolsillo unos trozos de pan,

los desmiga. Da de comer a las palomas.

 

Oración en Columbia University

A Dionisio Cañas

Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,

y el chirrido de la chicharra,

y el lagarto de fastuoso traje verde,

y la brasa hipnotizadora

(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado

don Pedro Calderón de la Barca en el declive del Barroco).

Bendito sea Dios que inventó el agua

el agua sobre todo.

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer

y el balido que lo poblaba.

Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.

El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,

hacía el contrapunto.

Suena el concierto en mi memoria.

O puede que se trate

de una música diferente:

la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada

Federico García Lorca,

y luego aquí, rescatada,

en Columbia University.

Bendito sea Dios que inventó los prodigios

que contaba mi padre

perfumado de espliego y de tomillo. E

ran historias de ciudades mágicas

en las que el agua circulaba

por venas de metal, agua caliente y fría

(nos lo contaba al borde del regato,

helado en el invierno, seco en estío:

“Venga, a lavarse, coño, guarros”.

Y obedecíamos).

Bendito sea Dios que inventó la cabra -la cabra

que rifaba por los pueblos-

mucho antes que Pablo Picasso,

con barriga de cesto de mimbre

y tetas como guantes de bronce.

Maldito sea Dios porque inventó el estaño

parpadeante del olivo,

ramas y tronco de Laoconte,

y aquella sombra trágica de catafalco y oro:

un rayo congelado en la mano siniestra

y en la diestra un crepúsculo.

Maldito sea Dios porque inventó a mi padre

colgado de una rama del olivo

poco después de recogerse la aceituna.

No puedo perdonárselo.

Pero eso fue más tarde.

Antes fueron los niños.

Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,

vestidos como príncipes o pájaros.

Con voces de cristal, “Papá”, decían a su padre.

Bendito sea Dios por inventar una palabra

milagrosa, jamás oída,

y su padre correspondía

con vaharadas de ternura.

Maldito sea Dios, porque yo quise

arrezagarme en la ternura

pronunciando la mágica palabra

entonces descubierta. “¿Papá?” “Mariconadas,

si te la vuelvo a oír te llevas una hostia”.

Bendito sea Dios porque inventó los años,

1970, 1980, 1990…,

inventó el fuego, el oro viejo

de los arces de otoño,

y estos ríos profundos como penas,

largos como el olvido o el recuerdo,

hospitalarios, generosos,

por los que la ciudad va navegando

hasta la mar, que es el morir.

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.

Se daba nombre en ellos

a lo que antes no lo tenía.

Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas

masters, campus con risas y con marihuana,

laboratorios y celebraciones

con cantos en latín, gaudeamus igitur,

todo situado en niveles distintos del tiempo.

Bendito sea Dios que inventó la memoria

y que inventó el silencio de este lugar aséptico,

y las venas metálicas ocultas

en las que el agua espera

unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.

Ahora sé que mi padre está vengado.

Mi padre, descolgado del olivo

pronuncia con mis labios las palabras totémicas,

y se estremece este recinto sagrado.

“Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias”.

Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,

se desbordan las aguas que él soñaba

en la choza de adobe y paja,

cantan la gloria de la recuperación,

y mi padre navega por las aguas,

le provoco, gritándole desconsolado.

“¡Papá!”. “Mariconadas”, me contesta.

ahogado, recuperado,

navegante por los canales de oro,

vivo ya para siempre.

Imagen de perfil de Carmen

Acerca de Carmen

Carmen Ha escrito 164 entradas en Red Poema.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona (España) Carmen Sampedro es una apasionada de la poesía y del pensamiento, tiene editados tres Libros poéticos "A dues veus - A dos voces", "Poemas y Requiebros" y "Cuadernos de Penélope". Actualmente es Presidenta de la Asociación Manantial, entidad comprometida con la integración de personas con diferentes capacidades a través de proyectos culturales.


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